K2, Via Cessen, 2002

K2, Via Cessen, 2002

Expedició parcialment patrocinada. En estil semialpí sense oxigen ni sherpas.

Nieve eterna y cumbres vírgenes que jamás serán pisadas por el hombre, se ocultan en los más recónditos valles del Baltoro. Majestuosas e imponentes montañas, nos recuerdan que somos mortales y perecederos, y que nuestra corta vida, pasa como un suspiro, frente a los milenarios bloques de su oscuro granito y al lento movimiento de los glaciares.   Hace 11 años me prometí no regresar a Pakistán, con tan solo 21 años, mi primera experiencia como mujer en este país y como alpinista a una montaña de más de 8.000 metros, no fue exactamente un camino de rosas. Pero cambié de opinión hace un par de años, al pasar fugazmente, de nuevo por estas tierras de camino a la China y notar ciertos cambios, tal vez sutiles, en el trato con las mujeres, al menos las turistas. Pakistán es un país duro para un viajero y más si éste es mujer, no tan solo por la aridez  de su paisaje, ni por el clima caluroso, ni por la pobreza en la que vive gran parte de la población, si no por la rigidez y la agresividad de su religión hacia las mujeres, el 97% de la población sigue la doctrina islámica, pero no por eso debemos dejar de apreciar la hospitalidad y generosidad con sus huéspedes, propia de esta cultura, aunque permítanme que les advierta que de vez en cuando, esta hospitalidad se transforma en hostilidad hacia los turistas, en muchos casos, contra los viajeros en bicicleta. Una montaña en concreto, es la causante de este constante ir y venir, una montaña que me tiene, yo diría, que casi obsesionada, una montaña con la que sueño, el K2. El K2 es la segunda montaña más altas de plantea con 8.611 m, se encuentra situada en el recóndito valle del Baltoro, en la cordillera del Karakorum, al Noreste del Pakistán, en la frontera con la China. Para llegar hasta esta montaña es necesario volar hasta  Islamabad, proclamada definitivamente como la capital de Pakistán en 1967, después de iniciarse su construcción en 1961. Durante ese periodo Rawalpindi fue la capital provisional, entre ellas existe una separación de tan solo 14 Km. Rawalpindi es considerablemente diferente y caótica,  resultan interesantes los mercados, en particular el Rajals baazar. En Islamabad podremos encontrar la Mezquita de Shah Faisal, según dicen una de las mayores de europa, con capacidad para 100.000 personas. Es también en Islamabad donde se encuentra el ministerio de deportes, donde se realizan todos los trámites para obtener los permisos, tanto para escalar una montaña como para hacer treking por los alrededores. Las razones por las que existe una obligatoriedad para obtener un permiso de escalada o de treking, son básicamente dos: por un lado, por considerarse una fuente de ingresos para el país. Y por el otro, porque la mayoría de las grandes montañas de este país se encuentran en el Karakorum, esta es la zona limítrofe con el área de litigio de Cachemira, y por tanto se convierte en zona militar estratégica. Desde la partición de de Pakistán y la India en 1947, estos países se encuentra en continuo conflicto bélico en las llamadas guerras Indo-Pakistaníes por la disputa de la zona. El ministerio asigna a cada expedición un oficial de enlace, que siempre es un militar, para que acompañe a la expedición desde el inicio hasta el final. Su función principal es la de ayudar a pasar a la expedición a través de los diferentes controles militares, facilitar las tareas de coordinación con los nativos del país, y controlar que ningún miembro de la expedición sea un espía enviado por la India o cualquier otro país, para pasar importante información sobre el estado de las carreteras (casi siempre semidestruidas), ríos o montañas y sobre todo dejar el nombre y el honor del ejercito Pakistaní bien alto, esto último punto, puedo asegurar contundentemente, que nunca lo han conseguido. Un porcentaje muy reducido de oficiales de enlace, consiguen sobrepasar el listón de la honestidad, inteligencia y compañeritos que se requiere simplemente, para tener un buen recuerdo de su paso por una expedición, ya ni hablemos de mantener una amistad a posteriori.. Salvo alguna excepción, los oficiales de enlace intentan sonsacarte material y dinero, se integran poco o nada con la expedición, son déspotas con porteadores y cocineros, y se suelen mostrarse reticentes a cualquier tipo de improvisación que no figure en su manual, a no ser que reciban algún tipo de remuneración a cambio, por decirlo sutilmente. Este año, para mayor complicación, no solo participaba en una nueva expedición al K2, si no que decidí ser el líder de la misma, en consecuencia, me convertía en el responsable de las diferentes negociaciones frente al ministerio de turismo, algunos  órganos militares y el oficial de enlace, todo un reto para una mujer en un país musulmán y en zona militar. Tuve que enfrentarme a un ministro de Turismo, afortunadamente más cordial y respetuoso de lo que yo esperaba, tal vez percatado del progresivo descenso de turismo de montaña y las incalculables perdidas económicas que eso supone. Pero me gustaría pesar, que de algún modo, la visión de una mujer como organizadora y como miembro de una expedición no despertaba en él, el recelo que este tipo de cuestiones despertó en antaño.   Una vez terminados todos los trámites burocráticos, en los que no tendríamos que invertir más de un día, ponemos rumbo a  Skardú. Existen dos posibilidades para llegar a este punto: en avión o por carretera. La primera opción depende de la climatología, ya que los vuelos con frecuencia son cancelados por el mal tiempo, pero sin duda es la opción más cómoda, ya que se realiza el trayecto en tan solo dos horas de vuelo, frente a los dos-tres días en Jeep o autobús que representa realizar este recorrido por tierra. El atractivo para los más aventureros de la segunda opción, es que la mayor parte de la ruta se realiza a través de la conocida “Karakorum High Way”.  La Karakorum High Way no es ninguna autopista como su nombre pretende hacernos creer, sino que se trata de una carretera que une Islamabad con la frontera con la China, hasta llegar a Kashgar, la  mítica ciudad-mercado enclavada en la ruta de la seda y que asombró a Marco Polo. Su recorrido de 1250 Km. hasta Kashgar (600 Km. hasta Skardú) trascurren por angostos valles en cuyas vertiginosas gargantas suenan las turbulentas y agitadas aguas del río Indo. Inaugurada en 1982 tras 20 años de esfuerzo, los constantes desprendimientos, corrimientos de tierra y bloqueos de la ruta, atestiguan las razones por las que los ingenieros suizos la calificaron de irrealizable. Un atractivo más hay que otorgarle a este recorrido: los conductores. El transito mayoritariamente de autobuses y camiones deliciosamente adornados con vivos colores, espejos y estampas al estilo”Kish” no dejaría de ser mera curiosidad, si no se le añade el componente peligrosidad  de conductores medio dormidos, y alta velocidad en una ruta donde circulan dos vehículos, junto a un precipicio donde solo cabe uno. Todo esto siempre acompañado de estridente música ininteligible a todo volumen y gastada por un casset barato……………pero tiene su encanto………no crean!!!!! Un lugar en el camino que no podemos perdernos es Karimabad, en el Valle de Hunza. Un pequeño pueblo acogedor, con un albergue de madera que recuerda algo el estilo suizo, aquí podemos empezar a disfrutar del contraste de Pakistán, la frescura de un paraje casi quimérico. Ya en  Skardú situado a 2.500 m de altura, ultimamos la compra de la comida para pasar más de dos meses en la montaña. En el polvoriento mercado principal, regentado solo por hombres, los puestos coloristas de verduras y frutas contrastan con los de chilabas, un producto a conjunto con el tenderete de carteras y mochilas escolares imitación de Nike con la frase “Well done Bin Laden”. En un par de pequeñas tiendas disponen de material de montaña de segunda mano, pero tanto si vamos a escalar como ha hacer un treking, difícilmente hallaremos  material en condiciones, yo casi diría, que son más bien, tiendas de antigüedades. Desde Skardú, nos disponemos a pasar toda una jornada en Jeep. Para recorrer 180 Km. por pistas polvorientas y muchas veces cortadas, necesitaremos ocho horas de paciencia aprueba de conductores camicaze y riñones que resistan la suspensión destartalada de estos vehículos.  Valles desérticos e impresionantes oasis que surgen al bordeo de cualquier pequeño riachuelo se alternan a nuestro paso. La temperatura en estos lugares pasa de ser abrasadora, a un frescor relajante, y el contraste de colores salta del árido e inanimado ocre-tierra al verde en todas sus gamas. Acampamos en Skole, un pequeño poblado que nos servirá ya como punto de partida para  nuestra marcha a pié al día siguiente. A partir de aquí las etapas serán variadas, dependiendo del ritmo que se desee seguir el caminante,  podrá alargarlas o acortarlas de acuerdo a su condición física. El primer día es necesario repartir el cargamento entre los diferentes porteadores. En nuestro caso, al tratarse de una expedición con mucha material y comida, son necesarios 90. Cada porteador carga como promedio unos 25 Kg. Nuestros porteadores son nativos de la zona en la que nos encontramos, el Baltistán, y normalmente suelen ser agricultores, ganaderos o jóvenes sin empleo que deciden sacarse un sobresueldo de esta manera. Los ingresos medios por persona en esta región se sitúan alrededor de los 200$ anuales, el salario que se les ofrece por 7 días realizando este trabajo es de unos100$. Este año el nº de expediciones y trekings ha disminuido alarmantemente, por lo que las disputas entre porteadores para conseguir una carga son frecuentes.   Tras dos horas de discusión y con cada carga asignada a cada porteador emprendemos por fin nuestra marcha. Tres horas de camino llano y cómodo pero bajo un sol abrasador por un valle árido y seco, nos llevan a nuestra primera parada, Korofon, un campamento militar situado a los pies del glaciar de Biaho, donde su morrena, después de miles de años de evolución, ha ido acumulando diferentes depósitos, hasta crear una superficie más o menos llana, rodeada de riachuelos donde crece el césped. Realizamos la primera parada para comer y rellenar nuestras botellas de agua, que tiene que ser depurada religiosamente, para evitar cualquier tipo de parásitos. Reemprendemos la marcha tres horas más, bordeando un caudaloso río Braldo de aguas glaciares y turbias. En uno de los puntos mas estrechos de este río, existe la posibilidad de acortar la distancia una hora, cruzándolo mediante una cesta de madera roída, suspendida de un cable, una hora menos, vital para los porteadores, y una comprensible hora más, para quien no confíe en la precariedad de la ingeniería militar Pakistaní. Al otro lado nos espera un polvoriento y nada atractivo campamento donde pasar la noche, Jula.   El segundo día  empieza al amanecer, para recorrer el máximo de camino con el frescor de la alborada y pasar el menor tiempo bajo el tórrido sol, que cae a partir de las once de la mañana. Hay veces en el que los porteadores se niegan a caminar pasadas las dos de la tarde, por lo que las jornadas pueden llegar a empezar a las cuatro de la madrugada. Una solución un tanto peculiar pero increíblemente efectiva es la de hacerse con un paraguas, a poder ser de mango largo y engancharlo a un lateral de la mochila, de esta manera, nos proporciona sombra permanente que aliviana  el desértico camino. Este día, vuelve a transcurrir bordeando el río glaciar de aguas gélidas que conocimos ayer. En sus márgenes, inmensas y blancas marmoleas rocas, esculpidas por la increíble fuerza del agua, se convierten casi, en obras escultóricas de formas curvas, dignas de Gaudí o Jujol. A lo lejos, las montañas de más de 6000 metros con nieves perpetuas empiezan a despuntar. Nuestro punto de descanso se llama Paiju, situado a 3.500 m, es el último lugar con vegetación, tardaremos unas 6 horas en llegar aquí. Rodeados por un  pequeño grupo de árboles, los últimos que veremos en mucho tiempo, nos disponemos a montar nuestras tiendas. Es obligatorio permanecer un día extra en este lugar, ya que los porteadores, pasaran todo el día cocinando los panes y chapatis que cargarán, ya preparados, el resto del viaje. En la oscuridad, sus cánticos y la fiesta alrededor del fuego, dura hasta altas horas de la noche: divertido y folklórico para unos, molesto por romper la tranquilidad para otros, no hay duda que le da un toque de color a la sobriedad de este paraje.   La cuarta etapa y la más larga, es de cambio por fin. Tras un inicio bordeando de nuevo nuestro eterno y  acompañante río glaciar, descubrimos su nacimiento, el final de la lengua del glaciar sobre la que nos montaremos. Caminamos sobre hielo gris cubierto por tierra y rocas, y agudos penitentes de hielo se asoman a nuestro paso, como si el paseo sorteando los colmillas en la lengua de un dragón se tratase. Maravillosas formaciones de hielo hacen volar nuestra imaginación y nos mantienen entretenidos ante semejante jornada. A partir de aquí dejamos la comodidad del camino de tierra para pasar a un constante subir y bajar por los montículos que ha creado la morrena lateral sobre la que nos hayamos. El aire fresco, al correr entre los témpanos centenarios, nos desvuelven la vitalidad tal vez perdida, a los no acostumbrados a  las altas temperaturas de este yermo lugar. Ocho horas de camino sorteando diferentes glaciares que los valles adyacentes vierten a nuestro paso, nos llevan hasta Urdukas, “roca partida” en Urdu. Entre hielo y roca granítica este lugar de descanso se aparece como una pincelada de color en un cuadro monocromático, en sus laderas, la acumulación de sedimentos han hecho crecer el pasto. A más de 4.000 m de altura, un pequeño roedor nos hace compañía  junto a la tienda. Delante nuestro aparecen las imponentes Torres del Trango, la torre sin nombre y la Catedral. En un sitio como este, no importa la pasión que uno pueda tener por la escalada, un solo vistazo basta para sentirse impresionado por la belleza de este lugar, unos segundos bastan para oír a estas montañas respirar, para tomar su energía y por alguna extraña razón, arrancarnos una sonrisa de felicidad.   En nuestro quinto día, y empezamos a movernos por encima de los 4.000 m y el cuerpo necesita empezar a aclimatarse a la falta de oxigeno, las siguientes jornadas a partir de aquí serán  más cortas, pero no por ello menos intensas. Si tenemos la suerte que el tiempo no cambie y no nos nieve durante este trayecto, observaremos como el color de las piedras granítica que cubría el hielo por el que pisamos, se convierte en negra pizarra que le da un aspecto más tétrico, si es que eso es posible, a los campamentos militares que encontramos a nuestro paso. La simpleza de este lugar se ve alterada gracias a la suciedad de los excrementos de los burros y caballos que los militares utilizan como medio de carga  y el hedor a keroseno que desprendes los bidones desperdigados en los alrededores de sus campamentos. Estos campamentos, son considerados puntos estratégicos para la guerra sin sentido que les mantiene con vida en nombre de Alá. El absurdo hace que miles de dólares anuales vayan destinados a estos puestos, para que sus militares se entretengan manteniendo la línea telefónica, un cable negro de un centímetro de grosor que recorre el suelo de toda nuestra ruta hasta llegar a Concordia. Digo yo, que la inteligencia militar Pakistaní sabrá de la existencia del teléfono vía satélite, más sencillo de uso,  y de mantenimiento, y más limpio, y por el uso del cual a las expediciones nos hacen pagar un suculento arancel. Hemos llegado a Goro II y para ello hemos invertido casi 6 horas. Aprovechamos para poner nuestra tienda, en uno de los muchos vivacs empedrados, que los porteadores usan como único refugio en la noche. Resulta difícil entender como estos delgados hombres, calzados únicamente con unas zapatillas de plástico y muchos de ellos sin calcetines, con a penas si una chaqueta de lana, se enfrentan a las duras jornadas diurnas de transporte de nuestra carga y a las largas y frías noches, muchas veces bajo la nieve, y con la única protección de una lona de plástico y una manta. Suelen acurrucarse alrededor del fuego que encienden con la última leña recogida en Paiju y se les oye cantar  hasta altas horas de la madrugada.  Si queremos dormir o nos sentimos cansados,  es recomendable poner nuestras tiendas apartadas de su parapeto o de la ruidosa cocina, que también suele empezar a funcionar un par de horas antes de que nosotros nos levantemos.   La sexta y penúltima jornada nos llevará a Concordia en 4 horas. Concordia es el nombre que recibe este punto, unión de tres inmensos glaciares: Godwin-Austen, Throne y Vigne. De dimensiones casi incompresibles para la vista del hombre, necesitaremos de mucha imaginación para poder asimilar realmente la superficie del lugar en el que nos encontramos. Desde sus inalcanzables cumbres, el Broad Peak (8.047 m), el K2 (8.611), el Chogolisa (7.765 m)  o el G IV ( 7.950 m) custodian este lugar. Durante el día, adelantamos y somos a adelantados por los porteadores en cada parada de descanso, después del tiempo transcurrido, la mayoría de ellos ya nos son familiares y resulta inevitable cruzar unas palabras de ánimo en cada alto en el camino. Es algo que no deja de sorprenderme, la templanza de su actitud, la sonrisa después de horas de carga, la felicidad en sus rostros pese al sufrimiento. Muchos de nosotros en esa situación, estaríamos simplemente, odiando la vida. Despierta nuestro último día, nítido y  frío tras las últimas nevadas. Y al fondo, como quien custodia el valle, el K2 extiende sus brazos a medida que nos acercamos a él, y podemos sentir en la piel, como el  abrazo de este coloso nos congela el alma. Imponente y solemne, los seracs de sus pendientes, dejan desprender bloques de hielo, que provocan aludes que desgarran el silencio de este lugar, y nos advierte a su modo, que aquí quien manda, es él. El campo base queda instalado a casi 5.000 m de altura. Nos despedimos de nuestros porteadores, que emprenden un descenso rápido, para poder pasar la noche, a  menos altura posible y de esta manera sufrir menos las consecuencias del frío. El campo base es el punto final para muchos trekings que a partir de aquí inician el retorno a Skardú, bien desandando el camino o bien realizando otro recorrido: el paso del Gondogoro a 5650 m. pero este, con frecuencia presenta grietas tapadas por la nieve y muchos porteadores no quieren pasar o simplemente las condiciones climáticas  no son buenas. De todas maneras, para esta variante, suele hacer falta un poco de material técnico, como pueden ser: piolets, krampones, arnes y cuerdas.   Para nosotros la aventura empieza aquí, dos meses será el tiempo que pasaremos entre campo base y los diferentes campamentos de altura  para intentar llegar hasta la cumbre del K2, a 8.611 m, la segunda más alta del planeta. Una buena manera de ir aclimatando el primer día es la de hacer algún paseo, y entre visita y visita a los diferentes campamentos que se concentran el la base de la montaña, nos acercamos hasta el “Gilkey memorial”. Este lugar, un pequeño montículo de roca situado en un lateral de la morrena y fuera del abasto erosivo de esta, fue construido en memoria de Gikey en 1953, la quinta persona que murió en el K2. Con los años, esta simple pila de rocas ha ido acumulando las diferentes placas que los compañeros de los más de 50 desaparecidos en la montaña se acercan a depositar. Platos y  bandejas de aluminio grabadas por la torpe mano de un aficionado, un compañero  posiblemente con el animo quebrado, se superponen unas a otras sujetas por alambres recuperados de aquí y de allá, la señal inequívoca de la improvisación, por que en el fondo, nadie viene preparado para que la muerte le sorprenda. Este no es un lugar lúgubre ni triste, desde lo alto de esta pequeña colina se contempla el impresionante paisaje de Concordia y a poca distancia (30 minutos) nuestro campo base, pero eso no evita que le de un vistazo con cierta nostalgia a algunas de las placas. Algunas las reconozco, pertenecen a viejos amigos, otras son las de personas a quien me hubiese gustado conocer y entre ellas algunas mujeres, las de alguna de las cinco que han conseguido escalar esta cumbre y que ninguna ya, se encuentra con vida. Destierro la tristeza de mi mente, este no es el momento, justo acabamos de empezar y no hay que tener malos presagios.   A pocos semanas de llegar al campo base, se celebra una fiesta que, debido al mal tiempo de días anteriores, reúne excepcionalmente, a todas las expediciones que se encuentran repartidas a lo largo del glaciar. El motivo de esta fiesta, la celebración del cumpleaños de un príncipe Baltí, Aga Khan. Todos nos reunimos a bailar alrededor de los tambores improvisados con bidones de plástico y los cánticos de los porteadores de altura. Se celebra una ceremonia y comemos reunidos entre risas y prisas al ver una nueva tormenta acercarse. Pero la celebración no termina con la tormenta, al anochecer, antes de ir a dormir, el glaciar empieza a iluminarse. Aprovechando las prominentes agujas de hielo creadas por la naturaleza, los fieles súbditos de Aga Khan, depositan en algunas de ellas, candelas de aceite encendidas, creando el pastel de cumpleaños de hielo, más alto y mas grande con el que nadie pueda soñar.     Nuestros días trascurren como en cualquier otra expedición, aclimatado mientras escalamos en la montaña, instalando cuerdas fijas, subiendo material y montando campamentos, esperando cuando nieva y escalando cuando el tiempo se calma, progresando algunos días y poniendo nuestra paciencia a prueba en otros. Uno de nuestros entretenimientos es el de salir a pasear en los días que descansamos o que no escalamos debido al mal tiempo. En uno de estos paseos, dos miembros de nuestra expedición, Jeff y Jennifer, encargados de la filmación del documental “Mujeres y K2” para Nacional Geographic que me acompaña, encontraron ciertos restos humanos. Tras un par de días de rastreo las confirmaciones a sus sospechas fueron más que evidentes, habían hallados los restos de Wolfe, el primer hombre que murió intentando escalar el K2 hace 63 años.  Huesos humanos de cadera y pierna, unos restos de tiendas de lona, varillas, un pote de cocina y su tapa con un “made in India”, que confirma que era una expedición realizada antes de la partición de este país en 1947. Al día siguiente, después que la reciente nieve caída se derritiese algo más, se encontraron más restos. Trozos de pantalón con una etiqueta de Cambridge, un trozo de de polaina y la prueba irrefutable, como si estuviese deseando ser encontrada, sobre una roca yacía apoyada una manopla con el nombre de WOLFE escrito en mayúsculas. La historia no tiene desperdicio, 1939 la expedición americana al K2 liderada por Fritz Weissner, en cuyo equipo se encontraba un rico norteamericano Wolfe, se vio envuelta de una gran polémica. Weissner un escalador de un nivel excepcional para su época, realizó durante los años 30 escaladas en roca con el grado de dificultad más altos en ese momento. En 1939 emprendió su proyecto para ascender al K2, la segunda montaña más alta del mundo (ninguna montaña de 8.000 metros había sido escalada en ese momento).  Después de varios meses en el Himalaya, y dos semanas sin descender de la montaña, en su ataque a cumbre consiguió resolver los problemas técnicos y superar las última de las dificultades de esta montaña, el llamado cuello de botella, escalándolo por una variante en la roca, solo le faltaban 200 m de pendiente de nieve, se encontraba a 8 385 m, cuando el sherpa que lo acompañaba Pasang Lama, rehusó a continuar por temor a pasar la noche a la intemperie, teniendo que renunciar de esta manera a culminar su proyecto más ambicioso. En un campo inferior, el campo VIII a unos 7.800 m esperó Wolfe durante 5 días el regreso de Weissner. Wolfe, el otro de los escaladores que había conseguido llegar hasta ese cota, en contra de algunos de los miembros de la expedición, que le tachaban de falta de condiciones, experiencia y habilidad esperó el regreso de su compañero hasta llegar a la extenuación, agotar víveres y quedarse sin cerillas. Para sorpresa de Weissner, Wolfe no tenia ninguno de los sherpas de apoyo con el, y que pensaba utilizar para un siguiente ataque a cumbre, así que decidieron bajar los tres a un campo inferior, al llegar al campo VII, este se encontraba roto, desequipado de sacos y sin presencia de sherpas. Pasaron la noche  sin medios y al día siguiente Weissner y Pasang continuaron un rápido descenso dejando a Wolfe en espera de los sherpas que subirían en su ayuda en vista de su precario estado; La visión de los siguientes campamentos fue la misma: desolación. Pasaron una última noche  y la pareja llego al campo base donde nunca hubo una respuesta clara a las exigentes y encolerizadas preguntas de Weissner por el desmantelamiento de los campamentos. Tres sherpas subieron a por Wolfe al campo VII, este en un estado precario les pidió que regresaran al día siguiente, cuando estuviese listo para partir, los sherpas en ese  época , disciplinados a las órdenes de su patrón, no le contradijeron y bajaron a dormir al campo VI. Al día siguiente, (9 días llevaba ya Wolfe en el campo VII) los tres sherpas ascendieron de nuevo, pero nunca más se supo ni de ellos ni de Wolfe. El K2 se cobraba las primeras cuatro victimas.  Nunca se supo si los sherpas llegaron finalmente al campo VII, si perecieron en el descenso o Wolfe murió solitario en su tienda. Al regreso a Estados Unidos Weisnner y su actuación por abandonar a Wolfe a su propia suerte en el campo VII fue duramente criticada. Pero de lo que no hay duda es que Weisnner estuvo a punto de cambiar el curso de la historia de la escalada en el Himalaya de haber conseguido escalar en el 1939 por primera ve una montaña de 8.000 m, la segunda del mundo y la más difícil…..y sin oxigeno. Le faltaron tan solo 200 m. Ahora, uno de los misterios del Himalaya podría estar resuelto, según las evidencias, Wolfe murió solo en su tienda o cerca de ella, los restos del unos de los sherpas, Pasang Kikuli, fueron encontrados en 1993, los otros dos siguen descansando en este inmenso glaciar que de vez en cuando nos devuelve alguna de las más de 50 personas desaparecidas en esta montaña. Después de ponernos en contacto con los familiares de Wolfe, estos plantearon un viaje al campo base para celebrar una ceremonia donde depositar y enterrar sus restos. Debido a los conflictos bélicos que rodean esta zona del Karakorum, finalmente ningún familiar presenció la ceremonia que realizamos en honor a este pionero, ahora en el Gilkey Memorial, envuelto entre banderas de oración budistas, descansan ya en paz la primera persona que dio su vida por este sueño.   Cinco semanas después de llegar hacemos balance y reparamos en que el  mal tiempo no nos ha dado tregua desde que llegamos, avanzamos a un ritmo lento. Acumulación de nieve, cuerdas cubiertas y aludes que imprevisiblemente ha causado la muerte de un Pakistaní Sher Ajman mientras otro Mohamed Iqbal moría tras romperse la cuerda por la que descendía. Toda esta serie de acontecimientos me han llevado a hacer una amplia reflexión sobre un tema que parece que acompañe constantemente a los alpinistas: el riesgo  que corremos al escalar una montaña; el riesgo a  lastimarnos, a morirnos. No hay duda que por un lado este riesgo al que nos enfrontamos en la montaña y más en una como esta, el K2, conlleva consigo un componente ineludible de miedo. Resulta interesante y no poco más que curiosa la manera como cada uno afronta ese miedo. Algunos recurren a una salida poco realista para manejar este miedo, la de pensar que no forman parte de ese % que va a morir, que no les va a tocar, que están más preparados, que son más fuertes, que tienen más experiencia o simplemente que van a tener más suerte. En el fondo es un planteamiento valido, pero sin duda es también un planteamiento peligroso. Personalmente, mi forma de enfrentarme a este miedo es la de intentar controlar hasta la medida de mis posibilidades cada uno de los factores de riesgo y los peligros que manejo en esta montaña: Los peligros objetivos, contra los cuales no podemos hacer nada al respecto, desprendimiento de piedras, caída de aludes, tormentas, viento. Los peligros subjetivo: el mal de montaña, edemas, la deshidratación, una caída. Hay quienes están dispuestos a aceptar una gran carga de peligro objetivo y se encomiendan a la suerte. Y otros procuramos realizar este deporte cuando consideramos que los peligros objetivos son bajos, intentando saber cual es el mejor estado de la nieve y del tiempo. Tengo que reconocer que hay otro factor que no he expuesto y en el que creo firmemente, tal vez por ellos sigo haciendo lo que hago, ese factor es el del destino. Un factor poco razonable, pero que me ha dado que pensar en más de una ocasión y más recientemente en los dos accidentes aquí ocurridos en las dos últimas semanas. ¿Por qué de seis escaladores el alud solo se llevó uno? O ¿Por qué se le tuvo que romper la cuerda a Mohamed Iqbal? ¿y no a la persona que tenia delante o la que tenia detrás?  Estamos escalando esta montaña intentando mantener los peligros objetivos al mínimo, pero siendo conscientes que parte de nuestro destino no podemos evitarlo. Por otro lado este riesgo también hace que tengamos que confrontar nuestra mortalidad. De alguna manera es cierto que los alpinistas somos muy conscientes de la muerte, eso no quiere decir ni que la busquemos ni que no lo tengamos miedo, sino que hemos de convivir con ella como pocas otras personas lo hacen. Las posibilidades de morir en este deporte son mas altas que en cualquier otro, y nos engañamos si simplemente pensamos que a nosotros no nos va a pasar. Eso no quita que no pongamos el máximo de nuestro esfuerzo por evitarlo. Existe la creencia de que muchos practicamos este deporte y venimos aquí por una especie de adicción a la subida de adrenalina que el riesgo nos da, probablemente nada más alejado de la realidad. La mayoría de los alpinistas que se desempeñan a un alto nivel son gente muy tranquila, sensata y meditada que evita precisamente ese tipo de sensación. Lo que encuentran gratificante precisamente es plantearse un reto y superarlo, el infinito placer de lo desconocido, en el día a día de esto, no en el miedo que ello comporta. Hemos sido educados en una cultura, en la que la muerte es algo de lo que no se debe hablar, algo a temer y eso nos lleva a no tratar el tema de una manera lógica, natural e inevitable como es. Morirse no es una tragedia, en contra de lo que constantemente nos han enseñado. La tragedia de nuestra vida no es la muerte, sino no vivirla. Lo interesante es que haya vida antes de la muerte no vida después de ella. Cada uno enfrenta su mortalidad de diferente manera, hay quien lo hace disfrutando la vida al máximo, siendo positivo, creativo. Nosotros intentamos mantenernos positivos al máximo delante de una situación un tanto comprometida ya que  todas las expediciones abandonaron menos la nuestra.   Otras veces había estado en una montaña en solitario, como única expedición, pero es diferente afrontarlo desde ese punto de vista desde un inicio, que desde el que nos está tocando vivir, el de encontrarte solo después de que todo el mundo haya marchado. En parte nos invade una sensación de fragilidad, digo en parte, porque lo frágil que te conviertes en una montaña como esta no depende de lo acompañado que estés. Irremediablemente, este coloso nos hace descubrir, como dice Pau Dones, “que no hay cielo, mar ni tierra, que la vida es un sueño”. Héctor y yo luchamos tres semanas más, mano a mano. Sabíamos que en parte  era la lucha de lo inútil, sabíamos que él y yo, no podríamos terminar lo que todo un pelotón semanas antes no pudo hacer, pero nuestra lucha se convirtió en una prueba de fuego contra nosotros mismos, una búsqueda de satisfacción personal, una pesquisa de nuestros límites. Y por fin vimos como nuestro sueño una vez más se esfumaba, la imposibilidad de avanzar en una tormenta, azotados por el viento y la nieve, donde tu compañero entre gritos apenas sí te oye, nos devolvió a la realidad de la manera más cruda. Abandonamos material en la montaña, pero no nuestro deseo de regresar a ella. Antes de partir de regreso a casa, el K2 no hizo un guiño, un día limpio y precioso, y en la cumbre la calma, tal vez una manera de decirnos que esta vez no era nuestro momento.