Patag˛nia 2011

Patagonia 2011

Expedició Autofinançada

Hay palabras que están creadas con el ritmo perfecto, con el equilibrio de los sonidos y que han forjado con el tiempo casi una leyenda; y es entonces, que al pronunciarlas la piel se eriza y tiembla, los ojos se pierden en algún lugar del horizonte y nuestro pensamiento juega a encontrar en ese rincón escondido y secreto de nuestro subconsciente, aquel sueño medio abandonado que un día nos hizo fantasear con vivir una aventura especial, con ser un alpinista de verdad. Esa palabra, ese lugar para mi es Patagonia. El tiempo, la civilización, la evolución, la comunicación cambian el mundo; las técnicas cambian, y con ella la visión de muchos conceptos, e inevitablemente, y por mucho que nos gustaría mantener nuestros mitos intocables, ninguno se escapa, ni siquiera Patagonia. Hace casi 10 años hice mi primer viaje a esta región, la más Austral en Argentina, y hoy, por casualidad y revolviendo papeles en una vieja caja guardada en el garaje, he encontrado el diario de ese viaje, un diario escueto, casi telegráfico y básicamente visual, como soy yo; eso es en fin y al cabo el diario de uno mismo, no?, una representación casi secreta de lo que somos......con sus dibujines de nubes, soles y viento,...... pero básicamente nubes y viento.  Releyéndolo veo un mundo  de distancia entre ese viaje y el que he hecho recientemente. En aquel entonces, una expedición pata-agonica, significaba largos días en espera del buen tiempo atrincherados en las tiendas o en las semichozas que los escaladores construían en el bosque a pie del cañón, pasando frio, a menudo racionando la comida, que a falta de predicción meteorológica calculábamos de menos, cocinando con el fogoncillo de cualquier forma para evitar el molesto viento que pocas veces abandona o descansa un segundo, y que acaba por taladrarte el cerebro (el que lo tenga), haciendo pasar las horas vagabundeando por los alrededores, una, dos y tres semanas, y bajando al casi inexistente pueblo de El Chalten" que dependiendo de tu ubicación podía estar a 2 o 6 horas de distancia; pero siempre con la incerteza de no saber cuando poder salir a buscar esa cotizada cumbre, y de salir, cuanto duraría el paréntesis. Pero con el tiempo, una nueva estrategia se ha instaurado, algo, que si me lo llegan a explicar entonces, mi respuesta hubiera sido tajante: no hombre, como va a ser eso. Esa estrategia consiste sencillamente en abandonar el bosque para vivir en el pueblo, con todas sus comodidades, alquilándote una cabaña, o quedándote en un albergue, en un camping (poco recomendable por el tema viento, pero la opción está ahí), o en el hotelazo con spa que acaban de construir. Disfrutando de las “amenities” que un Chalten mucho más modernizado nos ofrece, mientras la borrasca sobrevuela a sus anchas: restaurantes, bares, pub, biblioteca, vinacotecas, rocódromo, zonas escalada por los alrededores, paseos, tour al perito moreno, un amplio abanico de posibilidades a escoger y una adicción de la cual nadie se libra, ni los más inmunes: Internet, más bien dicho, a la meteo vía internet. Todo eso es la parte buena, la no tan buena es que las aproximaciones a las vías se incrementan considerablemente, ya que ya no sales de un campamento superior, sino que lo haces desde el mismo pueblo. Un cursillo acelerado de Isobaras, presión, humedad, dirección del viento, nos convierte en pocos días en pequeños expertos a lo Mario Picazo y a partir de ahí desatamos nuestra obsesión desenfrenada y diaria por comprobar mañana, tarde y noche y tres veces más entre medio, si algún cambio indica que una ventana de calma chicha nos dará una tregua de un mínimo de dos días para poder escalar nuestro objetivo principal, el cerro Stanthard por la vía Exocet. A pesar de lo paranoico del concepto, lo prefiero, sobre todo después de releer en mi antiguo diario una nota de hace diez años donde decía: Hoy, el argentino que lleva tres meses aquí dice que mañana el tiempo mejorará, lo ha sabido al salir de la tienda y notar la temperatura y la dirección del viento. En mi anotación del día siguiente le mentaba la madre cuando después de tres horas cargados y empapados bajo una tormenta nos dábamos la vuelta para regresar al campamento, cansados, tristes y decepcionados. Ese año no conseguimos escalar nada, es más no conseguimos ni llegar a pié de vía Pasan dos semanas en el Chalten, solo hemos hecho un porteo de 25 km. de 7 horas de ida y 7 de regreso para montar un depósito de material. El tiempo no mejora, el viento no amaina,  pero se hace relativamente llevadero aquí abajo, escalando rutas cortas por los alrededores, visitando restaurantes, bebiendo cerveza y disertando sobre el sentido del universo y de la vida, algo muy útil. Planea la sombría idea de que tal vez regresamos de nuevo a casa un año más sin poder escalar nada, no somos ni los primeros ni los últimos a los que les ha pasado, Patagonia es así, firmas esa cláusula de aceptación cuando sales de casa. Pero parece, o al menos yo tengo esa teoría poco científica y fundamentada en nada más que una sensación, que últimamente hay más cantidad de periodos de buen tiempo, y en nuestra predicción del día acaba de aparecer una ventana de 3 o incluso 4 días. Así que por la mañana salimos ligeramente cargados (es más optimista y duele menos que decir algo pesados) a recorrer el camino  ya conocido hasta el deposito, lo que no hace que sea más llevadero. Mirando al cielo, no darías ni un duro, pero tengo la fotografía mental de las Isobaras, y por Tutatis que no nos pueden fallar. Nos levantamos a las 12 de la noche y nos vestimos por turnos dentro de la tienda, desayunamos un poquito e iniciamos el ascenso de varias horas hasta llegar al principio del primer largo, un largo de alguna forma selectivo, ya que más tarde nos explicarían que los pocos que prueban esta ruta, aquí a menudo se dan la vuelta; nosotros dudamos durante un buen rato para decidir por donde lo empezábamos, ya que era más raro que un gato yeso, pero al final, resulto que lo hicimos por donde tocaba, mira tú. Todo el día tuve una sensación de nervios en el estómago que hacía mucho tiempo no sentía....estaba finalmente escalando en Patagonia, y lo hacía junto a dos grandes personas y por una de las Goulotes más bonitas del mundo, difícil de describir, insuperable de sentir. El día avanzaba, sin rastro de viento, sin rastro de sol, lo que acabo resultando ser bueno, porque si nos atizaba el sol mientras pasábamos por una de las campas de nieve, teníamos unos cuantos números para que la cosa se viniera abajo, y al progresar muchos tramos al ensamble....eso no sería muy bueno. A las 10 de la mañana empezábamos los largos de la Goulotte, sombríos, estrechos, verticales emocionantes y extraplomados en algún tramo, de hielo antiguo y duro, exigentes, pero sobre todo imponentes. Las reuniones colgadas a dos niveles, porque no cabíamos los tres  a la misma altura se hacían incomodas, pero a lo que más le temía que era al frio, acabo por ser un mal casi inexistente. A las 6 de la tarde llegamos a la cumbre del corredor, y pudimos ver la luz y nos acarició el sol y lo celebramos comiendo pan con chocolate. Decidimos no subir al hongo somital para poder aprovechar las pocas horas de luz en el largo descenso que nos quedaba, ya que teníamos que montar las reuniones en el hielo en los rapeles del descenso, y abandonar algo de material para reforzar las reuniones en roca de una bajada que haríamos por territorio nuevo, territorio comanche y que no conocíamos. Visto de lejos, en una foto el recorrido es evidente, metidos dentro, las dimensiones cambian, y deja todo de estar tan claro. Conseguimos llegar a pie de vía justo cuando ya oscurecía, a eso de las 11 de la noche. Y lo que tenía que ser un regreso-tramite, se acabó convirtiendo en un sinsentido agotador dando vueltas perdidos en un laberinto de grietas sin salida. Un movimiento arriesgado y tonto, nos acabó sacando del meollo y arrastrando los pies como escolar enfurruñada cansada y muerta de sueño llegué a la tienda a las 4 de la madrugada, justo cuando salía el sol de nuevo, han sido 28 horas sin parar.  El día siguiente apenas lo recuerdo, es una mezcla casi de ensueño,  delirio y espejismos; lo pasé durmiendo, y apenas comiendo, más que nada porque no había mucho para comer, así que decidí ahorrar fuerzas porque viendo que el tiempo que no empeoraba, saldríamos de nuevo temprano a buscar una nueva cumbre. A las tres y media de la madrugada salíamos, con poco fuel encima: una baso de leche y un bizcocho, que era lo que nos quedaba; tengo la sensación que no aguantaré, para todo el día tenemos 5 barritas a repartir entre los tres….no me salen las cuentas. Nos vamos a escalar en la “Innominata”, Una ruta que a diferencia de la anterior que era de hielo, la escalaremos con pie de gato y teóricamente, toda en roca. Ascendemos los 1.000 metros iniciales hasta pie de vía absortos por el festival de colores que encienden el “Cerro Torre”, sin duda una de las montañas más bellas del mundo, y comprobamos de lejos donde nos perdimos el día anterior y confirmamos que somos unos primos…..y lo seguimos siendo, porque para esta nueva ruta no llevamos reseña. Dos o tres largos demasiado expuestos nos confirman que no vamos bien, pero conseguimos reubicarnos y ascender con el instinto de aperturista, algo que a menudo uso, porque perderse no es tan raro: ¿si yo estuviera abriendo la ruta, por donde iría? Aplicando esta máxima, sueles dejar de obsesionarte por un croquis o una ruta que no coincide con nada y permites que tu mente se relaje, observe y aplique la lógica, y suele funcionar. También tiene otra ventaja, la concentración que conlleva este ejercicio hace que dejes de pensar en la comida que no tenemos. Vemos como el Cerro Torre se va tapando poco a poco, y no pinta bien, nosotros todavía estamos a salvo, pero no durará mucho, así que hay que apresurarse, porque el viento está apretando, y es el mayor de nuestros temores, ya no por el frio que conlleva, sino porque hace volar las cuerdas dándoles  latigazos en el aire y enganchándolas de las formas más rocambolescas imaginables. El penúltimo largo, el más duro, se relaja y nos lleva a una cumbre en medio de la niebla, que saboreamos fugazmente, hay que desaparecer zumbando. Un par de sustos taquicardicos con promesa de volverme creyente si un milagro desenreda las cuerdas, y ya estamos en la base de la pared. Dios!!!, que tensión, y aun me queda media barrita “shot block” con sabor a margarita; no es posible, si soy doña zampabollos, la señorita fiambrera de tortilla de patatas, la de si no me como el bocata ahora yo no sigo; es impresionante la capacidad de adaptación que tiene el cuerpo humano. Bueno, corrijo el error y la hago desaparecer. Llegamos a las doce de la noche a las tiendas…y yo ya voy hecha fosforina, pero el éxtasis de todo lo que hemos hechos me impide estar callada. Cuando llegamos a las tienda, nuestros compañeros que estaban en otra montaña ya han regresado, menos mal, estaba preocupándome, y lo mejor, no es que estén bien y hayan hecho cumbre al Cerro Torre, sino que tienen galletas y las van a compartir “avec moi”. Me duermo relamiéndome el chocolate de los bigotes y abrazada a un par de colegas que valen un imperio. Tengo la sensación que no necesito nada más en este mundo. …..así, me anoto que cuando llegue a casa he de buscar en las páginas amarillas una iglesia, he prometido convertirme….pero aún no sé en que. Será que la noche me confunde, porque el amanecer me devuelve a la realidad, no muy temprano desmontamos las tiendas con el viento, ahora sí que esto ya no da para más, ni comida ni meteo, vamos vamos que nos vamos!!!. Que pereza me da regresar, mochilote superpesado y 7 horas de pateo sin NADA de papeo. El único consuelo es que sé que se me pasará. Un día de descanso en el pueblo comiendo y la meteo volvió a cambiar, nos quedan dos días para irnos y la previsión es de 36 horas de estabilidad. Amenaza buen tiempo!!!! Y apenas hemos descansado……….Noooooo, sííííííí, no sé, estoy hecha un lio, no sé que quiero. Pero al final el instinto animal se impone: subimos de nuevo, esta vez por un valle diferente, y otra vez con poca comida para no tener que cargar. El objetivo: La Guillaomet, una vía de mixto: roca y hielo. Hacemos una aproximación preciosa de 4 horas por un bosque de pájaros carpinteros y lengas , un arbusto en zonas áridas y árbol en zonas más propicias, y así hasta llegar a la roca donde vivaquearemos. Luego, escalamos desde muy temprano hasta la cumbre y regresamos por la noche al pueblo haciendo autoestop. Ahora sí me he quedado calladita, ni éxtasis ni flautas, necesito un kit-kat. Así es Patagonia, hay que ir a por todas, y hay que estar dispuesto a aceptar lo que te ofrece, algunas veces todo, otras veces nada, pero sea lo que sea, no lo dejes pasar.